Review: Saint Vitus - s/t


Para apreciar este nuevo álbum de los californianos, unos de los pioneros en esto de hacer doom, debemos saber algunos datos: a) son una banda que tiene su cuota de vicisitudes, ya que han alternado entre sus dos vocalistas históricos Scott Reagers y Scott “Wino” Weinrich (salvo en un corto periodo entre 1992 y 1994, con Christian Lindersson como cantante), estuvieron separados durante 12 años (entre 1996 y 2008) y a dos años de volver perdieron a su baterista en 2010; y b) a diferencia de colegas contemporáneos como Pentagram, Witchfinder General o Trouble, tuvieron una manera de entender el doom metal más cercana al punk (y más tarde del hardcore) que los dotó de esa onda callejera, zaparrastrosa y caótica que convierte a su música en algo particular y ayudó a definir lo que hoy conocemos como sludge y stoner. Y es todo lo anterior lo que encontramos en su décimo disco, de nombre homónimo (al igual que su disco debut), pero llevado al 2019, a siete años de su último material discográfico Lillie: F-65. Editado por la disquera Season of Mist (igual que su antecesor) y usando de portada el logo que los ha identificado durante toda su carrera, la formación para este álbum tiene a Scott Reagers en voz, Dave Chandler en guitarra, Pat Bruders en bajo y Henry Vásquez en batería. Arranca el disco con “Remains”; empieza prometedora, con una guitarra pegadiza sobre unas líneas de bajo metálico que dejan expectante, para luego caer chata, causado por la disparidad entre la melodía vocal y la instrumentación; levantan un poco los ánimos con un respetable solo, pero ahí queda. Luego “A Prelude To…”, un pasaje calmado (similar a “Planet Caravan”), basado en una pocas notas de guitarra y la voz que se termina de acomodar, sobre un fondo lúgubre cortesía de Mike. Terminando el preludio (quizás algo largo), empalman perfectamente con “Bloodshed”: sencilla, pegadiza y directo al mentón. Aprovechando la saturación de la guitarra, (recordando un poco a Black Flag) y donde Scott se pone las pilas para dejarnos el hit del disco. Sin bajar los cambios, aparece “12 Years in the Tomb” con una intro de batería que te atrapa a los dos segundos, alternando entre riffs que te obligan a cabecear y pasajes lentos y pantanosos llenos de distorsión. Termina de manera abrupta y deja paso a la dupla “Wormhole” y “Hourglass”, las dos canciones de corte más clásico: a medio tiempo, sonido (algo) más limpio, y un estilo vocal que recuerda al de Ozzy, hasta que llegan los solos, en donde la primera destila podredumbre y distorsión, mientras que la segunda toma aires más stoner, un bajo grueso y guitarras con sonido casi espacial, todo sobre un colchón de saturación que nos da la sensación de desorden con propósito. Luego está “City Park”, otro intermedio, sin voces esta vez creando un ambiente denso, y la atmósfera perfecta para que la lentitud y pesadez de “Last Breath” nos atrapen durante el inicio de la canción y nos lleven lentamente hasta quizás la parte más vertiginosa del disco, rematando con una cabalgata y un solo asesinos de guitarras saturadas y terminar con la misma pesadumbre con la que comenzó. Cerrando el álbum está “Useless” con su minuto y medio de furia hardcore, que hubiera quedado mejor a mitad del disco y no al cierre.
A pesar de los contratiempos y algún que otro bache compositivo, a 40 años de su debut, Saint Vitus aún puede entregarnos material entretenido, demostrando que todavía les queda combustible en las venas e ideas en el tintero.-

▶️ Texto: Leonel Ybarra.
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