PostalesDeEntreTensión #5

Huertas apacibles para ideas incendiarias
Por Andrés Ezsanch.


Hace un tiempo estaba en casa acomodando la cuasihuerta y su periferia, donde viven y resisten las aromáticas. Ese trabajo que no siempre sucede pero es de lo más apacible. Mientras iba y venía con la música aparece en esas listas aleatorias Sin Dios, una banda que no escuchaba hacía muchos años. Me quedé prestando atención y la curiosidad pudo más. Abandoné el trabajo de huerta para más tarde y me fui a leer algunas notas; viejas claro. Sin Dios es (o fue) una de las bandas anarquistas más conocidas y comprometidas con el ideal libertario. Probablemente esto que digo esté de más y es algo que cada un- de nosotr-s conoce/sabe. Supongo, también, que es un referente para miles de personas, colectivos, organizaciones, asociaciones; y si me apuran diría que son unos Fugazi del anarcopunk en castellano (llevaban adelante, además de la banda, Difusión Libertaria la Idea que funcionaba como librería anarquista y sello discográfico que grabó y editó muchísimas bandas del mundo, tocando siempre donde el fuego ardía, tenían discos no sólo a bajo precio sino también con un gran trabajo de portada y sobre interno donde uno podía encontrar información, eran miembros de la CNT, y tanto más). Como llegué a esas viejas notas mientras repasaba sus discos también llegué a un documental que había visto hacía unos años pero al que lo volví a mirar con el mismo entusiasmo, “Sin Dios, Más De 10 Años De Autogestión”; y fue el que me trajo un recuerdo claro de quince años atrás más o menos.

Yo estaba en mis pagos, Puerto Madryn, desocupado y con deudas. Como no podía ser de otra manera. Había perdido un trabajo en negro hacía poquísimo del que me quejaba todo el tiempo ya que me costaba cobrar cada miserable mes. O sea, desocupado o con ese trabajo estaba, casi, en la misma ruina. Me prestaban una casita y eso hacía que me quede, momentáneamente, por el pueblo. No tenía banda ni ocupación importante ni proyecto próximo o futuro. En definitiva, sentía que el pueblo me estaba echando. O que necesitaba irme a dar una vuelta. Mi buen amigo Fabricio me mandó un mail diciendo que me vaya a La Plata un tiempo, que tenía unas changas que podíamos compartir. Hacía unos años que iba y venía a dedo a Buenos Aires, La Plata o cualquier otro lugar que tuviese algo mínimo para ofrecerme. Así fue que cargué una mochila, avisé a quién se merecía saber y a los días estaba por tierras platenses. Antes de salir me metí en esos viejos locutorios y no sé muy bien cómo pero me enteré que los Sin Dios iban a andar girando en unos días por la capital de Buenos Aires. El viaje cobraba otro sentido, o le daba un aditivo. Algo impensado en otras circunstancias pero concreto en las que me encontraba. Sin Dios me gustaba, los escuchaba, pero más me gustaba ese trabajo en la calle, en la difusión, en sus letras o en los listados extensos de bandas, sellos y colectivos en su página. Me entusiasmaba el hecho que tocaran pero más en lo que se podía generar alrededor. Nada podía salir mal en este viaje con esta noticia pensaba. Ni bien llegué íbamos caminando desde la terminal a una de esas changas y mientras hablábamos le dije que al otro día, o al siguiente de este, tocaba Sin Dios y que quería ir a verlos (sí, llegaba justo. No iba a haber otra oportunidad dije, aunque esto no lo sabía en ese momento). Y que si tenía ganas fuéramos juntos. Hecho dijo. Y seguimos hablando de todo eso que no habíamos hablado en meses. Yo ya había maquinado todo el viaje. Era Sin Dios, pensaba, y estando ahí tan cerca no los podía dejar de ver. No sé, eran como unos compas que tenían data de primera mano para compartir. Era mi sensación y mi apreciación después de haber leído entrevistas, husmeado su página y esas cosas.


El día del recital nos fuimos en tren para Capital y encaramos. Estaba en las manos de mi amigo, no sabía dónde era. Con los años pude ubicarme en la ciudad capital, pero hasta ese momento no tenía noción de los puntos cardinales en los que me encontraba mientras caminaba. Así que supongo que íbamos para Flores, nuevamente en tren (en realidad esto lo digo porque con los años supe que era en Flores el local donde tocaban; mucho después pasé centenares de veces cerca vendiendo sanguches vegetarianos que nadie compraba, iluso yo, aunque ese es otro relato). Cuando estábamos por llegar cruzamos en una parada (¿Caballito sería?) a muchísimos punks (?) que iban en sentido contrario gritando y saltando ¿una treintena? pero mi memoria claramente puede fallar. Nos miramos y pensamos que nos habíamos equivocado, que íbamos en sentido contrario. Guardo esa sensación. Tal vez por ser una que siempre me acompaña, la de equivocarme digo. Seguimos, a la dirección anotada. Cuando llegamos ambos no podíamos creer lo que estábamos viendo. Mi amigo me miraba desconcertado como preguntándome si era verdad lo que estaba pasando. Y sí, era verdad. Corridas, ambulancias, gritos, patrulleros. Muchísima gente alrededor. Pizzerías pequeñas atiborradas de gente que seguramente iba por lo mismo hablando de lo que había pasado y estaba pasando. Personas yendo y viniendo, buscando otras probablemente. Personas mirando y preguntando. Personas, personas y más personas. Ese es mi recuerdo, si alguien tiene otro me gustaría que me corrija. Mi vida está (¿o estaba debería decir?) marcada por bandas, entrevistas, fotos, videos y esas nimiedades. Por eso mismo sé que en ese momento se me vino a la cabeza un recital viejo que había estado mirando un tiempo antes de Sepultura y Nuclear Assault (¿?) en Sao Paulo y los disturbios fuera del recinto (¿fue así o me lo estoy inventando?). Bien, esa imagen se me vino y se quedó conmigo hasta el día de hoy (seguro que para un muchacho de una pequeña ciudad patagónica la cosa fue mucho más de lo que realmente estaba sucediendo. Aunque realmente era todo un gran caos).

Nosotros dos parecíamos turistas en el tumulto de borceguíes y mohicanos. Entre tantas gente dando vueltas me encuentro con el Konga (guitarra de Mayokeze, La Banda del Cuervo Muerto) que estaba tocando en Mata Karneros (banda organizadora, entre otras). La expresión del él era seguramente la misma que la nuestra. Nos quedamos conversando parantes de por medio en lo que hacía unos minutos era la puerta de entrada y que en ese momento estaba destruida/desparramada por el piso y a sus costados. Vino Pepe (guitarrista de los Sin Dios), cruzamos unas palabras. El tipo estaba devastado, pidiendo disculpas a quién se acercaba. Para quienes no saben la historia, esa noche los madrileños (son españoles) tocaban en lo que era una gira por Sudamérica; antes habían pasado por Brasil y Uruguay, y de acá seguían a Chile. Creo yo que parte de los fondos era para el MTD de Ezeiza. Bien, mientras estaban tocando los Mata Karneros entraron los punks obelos y no solo destruyeron la entrada y le pegaron a algun-s sino también se robaron equipos y la plata de la recaudación. En fin, un desastre. Uno de esos que para mí cabeza pueblerina estaba fuera de toda realidad. Ahí no entendí nada. Y no entendí nada por mucho tiempo. Esa noche caminamos sin parar, y tomamos cerveza en veredas como quien sale de bares. Hablábamos de lo que vimos y de las personas. De los egos y las peleas. De cómo los esfuerzos y las ganas se diluyen. De nuestro pueblo, de esas cosas buenas y aquellas malas que tiene. De cómo todo se reproduce en todos los ámbitos. Del fraude que cometen/cometemos diciendo algo que no son/somos. Nos sentamos en las veredas de San Telmo a tomar las últimas birras. Unas ratas enormes nos echaron como metáfora berreta de las horas anteriores Seguimos hasta Constitución a esperar nuestro tren. Y dormimos plácidamente mientras el sol ya entraba por los vagones. Me acordaba de todo eso mientras volvía a trabajar a la cuasihuerta. Cortaba la acelga y pensaba: que la autogestión tiene muchas caras. Y que las huertas apacibles a veces provocan ideas incendiarias. Mientras seguía sonando Sin Dios.