PostalesDeEntreTensión #3

Doss. O deslizándome en la tubería que me transporta al blanquinegro.
Por Andrés Ezsanch.


Estoy seguro que PostalesDeEntreTensión fue concebido antes de que su nombre aparezca. Quizás en noches de caminatas, quizás en el duermevela de los días que se vivían sin rumbo fijo. No me lo pregunto, lo supongo. Eran y son esos relatos que dan vueltas buscando que el entramado tenga un correlato algo parecido a lo sucedido. Que estén vivos. Que un- pueda estar ahí mientras recorre las palabras. PostalesDeEntreTensión lo que intenta, además, es rescatarme del olvido. Amasándolo entre anotaciones mentales intento conseguirlo. Lugares, personas, espacios, sonidos, recortes, sensaciones, viajes. Eso, todo eso, con el tufo del lugar que habito. Porque la búsqueda, si existe, es que sean relatos con la musicalidad del entorno. De ese entorno que se traslada de la meseta al mar, y de este a la montaña. Subiendo a las rutas, vivenciando en las grandes urbes, y retornando a lo ríspido del paralelo 42°. Más o menos así, pero entremezclado. Como la vida misma. O como las imágenes y palabras que siguen llegando.



Recién fue darle enter y tirarme por una tubería, de esas propias de la memoria. Es la primera impresión al encontrar el disco en internet. Retrocedí imágenes ininterrumpidamente. Me detuve. O se detuvo la cabeza ahí donde conocí el disco. Estaba viviendo por la cordillera. Principios del dos mil. Estaba no tan lejos de una ciudad (o de un pueblo). Pero estaba, como se dice, a contramano. Sin movilidad que me permitiera la facilidad de decidir en qué oportunidad salir de mi hogar; de ese hogar que me había inventado. A dedo en la ruta eran básicamente los movimientos, que requerían tiempo. Y el tiempo era algo que comenzaba a descubrir en esos momentos. O a pensar, en cómo quería utilizarlo. Relato esto más que nada para que quede claro que salir llevaba una mínima preparación, hasta mental. Y que muchas de las veces prefería quedarme. Estar solo, tranquilo. Me lo decía, y hasta me lo creía. Era una situación buscada, en la que sin razonar demasiado había pensado al irme de Madryn. (Mis últimos tiempos habían sido de obrero en la pesca. Un paro de 40 días me había [nos había] dejado en la calle. Desgastado y sin planes. Sin presente y sin dinero). Creo que lo que pretendía era salir de la vida momentáneamente, como si eso fuese posible. Claro que no lo fue. Pero llegué al remanso que me había propuesto. Los fines de semana (casi como un ritual, a la sociabilización) bajaba al pueblo. A comprar mercadería o a hacer algunas llamadas. Una vez por mes frecuentaba el mismo quiosco para llevarme una revista, un papel que me acercaba a un mundo musical bastante más amplio del que me interesaba; lo hacía sólo por leer un par de grupos o solistas que creía me podían despertar la curiosidad. Leerla me evocaba a cuando mis amigos volvían de las grandes urbes a mis pagos con libros o discos para compartir. Hablo de fines de los ´90. Si no era en un viaje o por cartas era esta la manera de encontrar “novedades”. Sigo. Casi me entusiasmaba más hojear/indagar en sus páginas que, increíblemente, disfrutar del lugar en el que estaba. La revista era un papel como prueba irrefutable de la búsqueda en lo minúsculo y superfluo y no en el entorno. En lo palpable. En el día a día. En fin, era una publicación española para pequeños posmodernos como yo. Aunque no sé si van de la mano ser posmoderno y vivir de forma aledaña a lo que sucede en el “mundo real”. Porque por más de que me había inventado un micro mundo algún día tenía que volver. O nunca me había ido. Pero ¿a quién no le gusta pensar que vive al margen? Bien, la cuestión es que me pasaba horas en la casita copiando nombres de la revista, datos que me llevaran a un lugar nuevo (mientras lo estaba, en cuerpo). Aunque sólo hayan pasado trece años de aquello, que a veces parece nada, internet era una idea que materializaba sólo los fines de semana. Entonces me tomaba el domingo para ir al mercado, hacer las llamadas y llevar una libreta con anotaciones o ideas de lo que buscaba. Ir a comprar, pasar por un locutorio una hora y bajar en disquetes la cantidad de notas-entrevistas-datos que me podían interesar, de allí directo a Las Golondrinas a masticar lo que otr-s tenían para decir. Y, claro, seguir sin mirar el entorno. Muchas veces me hacía una idea de la banda, leyendo una entrevista, mirando fotos, viendo las tapas de discos, hurgando en esas reseñas minuciosas. Sin escuchar realmente su música. Con la precisión o ineficacia de lo que una lapicera pudiera hacer. Hoy, en un escenario totalmente distinto, abrí cajas, encontré revistas, no me acordaba que estaban todas marcadas o subrayadas. Con la primera anotación que me choqué fue con Doss. Me llamó la atención la tapa del disco, estoy seguro de eso y por eso mismo lo marqué. Después vinieron las palabras. No recuerdo ni remotamente quién hizo la reseña pero me supo ubicar. Quizás no musicalmente, sino en ese mundo propio. O uno donde vivían aquellas personas que caminaban sus propios pasos. Mirando los otros pero por su misma senda. Son los tiempos que corren, salí a buscar a Doss en internet. Tuve la misma idea cuando escuché su música. Me trasladó a esos días y a ese paisaje en el que me encontraba. Probablemente porque también intentaba seguir mis propios pasos. Torpes, desmedidos, inseguros. Pero míos. Y me fui, allá. A esa tapa del disco. En el que seguro en aquel tiempo me ubiqué como esa persona que mira algún lugar. Un lugar en el que está todo trazado, desolado, apagado. En el que sólo queda mirar, observar. Quizás en espera. Quién sabe de qué. Contemplando. Un lugar, o un estado. Como lo muestra el disco. Blanquinegro.-