Drone celebration #2: actividad paranormal bajo tierra

▶️ Fecha: Miércoles 8 de mayo de 2019.
▶️ Lugar: Casa Colombo, C.A.B.A.
▶️ Artistas: Vlubä, Zigo Rayopineal + Nombre de Usuario, Fiend Producciones, Alma Laprida + Alan Courtis y Stephen O´Malley.


Lenguaje sensorial y libertad sonora. Ya habíamos experimentado la primera de estas celebraciones, allá por comienzos de 2016. Mitad de semana, día laborable, noche experimental. Nos metimos en un subsuelo. Literalmente, estuvimos bajo tierra. Arriba, la ciudad, el bar, la noche, las luces y el rugido de los automóviles y colectivos. Abajo, un centenar de historias cruzándose entre el humo y las luces rojas, rosas, azules y naranjas desde el escenario, que coloreaban la sala oscura para ver al acto principal: Stephen O´Malley, uno de los artistas más inquietos e interesantes de los últimos tiempos. Esta vez, al igual que la otra, volvimos a conocer un puñado de artistas que se mueven en las nebulosas del noise, el drone y el dark ambient, géneros subterráneos e inexplicables, de difícil digestión y escasa difusión. Algunos de ellxs están desde hace mucho, muchísimo; otros desde hace algunos años. En el plan de registrar y documentar, esta crónica nada tiene que ver con tecnicismos y descripciones tradicionales: relata sensaciones que atravesaron cuerpos, mentes y límites racionales, en el nombre del drone y del noise.



▶️ Vlubä: El ritual
Apenas entrando ya estábamos en otro espacio, en otro tiempo, en un lugar sin nombre. No hacían falta juegos de luces especiales, ni efectos que impacten. El ambiente ritual, místico, ya se respiraba en el aire. Como si nos adentráramos entre las paredes de una grieta perdida de una montaña remota y olvidada, y fuéramos testigos de algo que ocurre desde siempre, desde más allá de la historia, del presente, y del futuro.

Estamos en presencia de una escena estática ancestral. Dos personas realizando un ritual íntimo, al que nos permitieron entrar, como espiando, simples observadores de un ritual ancestral. Ellos llaman, invocan, aunque no sabemos a quién o a quienes. Acá ya nos olvidamos de los cables, las máquinas, los instrumentos, los micrófonos, del lugar, de sus paredes, y de quienes nos rodean. Incluso el humo que cada tanto todo lo invade parece venir de sus propios poros.

Y la presencia se hace, y ella habla, y es un diálogo que no entendemos, que sólo intuimos, pero que vamos sintiendo extrañamente familiar. La piel se eriza, la tierra nos traga, el aire nos absorbe, y los ojos ven esa nada que se hizo real. Pareciera que de golpe caemos en un abismo y nos dejamos llevar, sin escape posible. No podemos salir. Y tampoco nos importa, porque no queremos hacerlo.

Vlubä es un dúo que vive entre Avellaneda y Capilla del Monte, Córdoba, lugar cósmico si los hay. Parecen la banda de sonido de un avistaje, encuentro o abducción extraterrestre. O tal vez, ellos mismos sean parte del fenómeno paranormal. Cacofonías, invocaciones y zumbidos, trajeron el recuerdo de proyectos como Tribe of Neurot.

Ya no hay dos personas en un escenario. La transformación se produjo. La posesión está completa. Estamos inmersos en esa presencia, viendo y sintiendo una entidad que lo es todo, sonidos, voces, aromas, una esencia que nos envolvió totalmente y dejamos que nos maneje a su antojo, llevándonos a los lugares más recónditos de nuestro interior.

Y en el sumun del trance, de manera casi imperceptible, vamos volviendo a la realidad. La presencia se va alejando, o somos nosotros que sin saberlo vamos abandonando esta gruta, mientras el rito sigue por otras dimensiones, por otros lugares remotos que desconocemos. El hechizo terminó, pero nos marcó para siempre. ¿Qué nos quedó? Cada uno de los afortunados presentes sabrá lo que Vlubä dejó adentro suyo.





▶️ Zigo Rayopineal + Nombre de Usuario (visuales): El latido de las piedras
Hielo. Piedra. Transmisión. Electricidad. Estática. Sentir el pulso de un bloque de vidrio. Afuera y adentro. En el aire y en las venas. El elemento interno que se visibiliza y se ve como un espejo deformado de nuestra forma primal. El armonio, el theremín, la computadora y los cientos de cables que desbordan la mesa. Ver a este hombre entre sus instrumentos como una extensión de su ser, que forman ese todo sustancioso. Y es él y somos nosotros en su propio mundo, en su esencia generosa transformada en sonido e imagen, tan extraños y abstractos, pero impensablemente reconocibles.

Como un amigo que abre las puertas de su casa, y esa casa es un planeta que él mismo creó. Un planeta desconocido, en donde el peligro y lo imprevisto conviven en simbiosis perfecta con el asombro y el placer. Imaginen cómo será la sensación de estar en una cuna, meciéndose en el pico filoso de una montaña, a la intemperie, entre vientos helados, cortantes, y dejar los ojos abiertos ante esa inmensidad, ante ese vértigo arrullador. Y la cuna se mueve, desciende y se eleva, se invierte y vuelve a dónde estaba, para volver a subir y bajar en un viaje del que no sabemos el destino final.

Al final parece que ya no somos una persona. Somos un ojo gigante, que mira ese todo que es suelo y altura a la vez. Tierra firme y caída libre. Las manos mágicas de Zigo, saben llevarnos con seguridad por los paisajes más inciertos. Viajamos por rutas electrificadas, agujeros en la piedra, pasajes helados, bosques derrumbándose a nuestro paso. La cantidad de texturas de todos los tipos que se pueden experimentar es interminable. Hay que vivirlo y sentirlo en el momento, ahí en vivo, donde realmente se siente en toda su magnitud. Y así como empezamos, terminamos el viaje, sanos y salvos, aunque hayamos traspasado un enorme témpano prendido en llamas.





▶️ Fiend Producciones: Hombre trabajando
Ni te diste cuenta. Estabas hablando tranquilamente con tus amigos, y de golpe ya no están ahí. Y vos tampoco. Mientras, tratás de identificar de dónde viene ese sonido en el que te encontrás, porque acá el sonido es un lugar. Y aunque el lugar no es identificable, te adentrás más en su espesura.
Y la fuente que emana todo lo que se ve y se siente en ese momento está ahí, entre un mundo de conexiones, pantallas, pedales, en el que Martín Tarifeño (miembro de los recordados Bhutan) es el mago artífice. Con su característica guitarra con arco, entre ese torbellino de perillas y cables, es asombroso escuchar lo que sale de los parlantes.

El resultado es como un bloque de concreto en el que podés moverte. Es fascinante ver a ese hombre trabajando, con sus manos haciendo reaccionar a todo ese arsenal, dándole vida a esa maraña de cables, que desde esa aparente frialdad surja un sonido que vive, late, respira. También es fascinante que sin darte cuenta estés latiendo al mismo tiempo, un ritmo que parece haber estado siempre, ahora está bien al frente, aunque estás seguro de que antes no estaba, ahora está, y cuando se va no sabés si lo seguís sintiendo internamente, o realmente se fue.

Ese es el mantra sónico que ahora estás respirando, el aire denso, seco, pero oxigenante. Energía que se hace sonido, ritmo, armonía, en un ida y vuelta que no se termina de saber cuándo es real o quedó flotando en tu cabeza.





▶️ Alma Laprida + Alan Courtis: La experimentación al límite
Y la experimentación absoluta se hizo presente. Lo de este dúo fue sin dudas lo más extremo en cuanto a forma e instrumentación. Cuando se escucha un sonido por primera vez, que no se tenía idea de que existía, algo adentro se abre, como una compuerta olvidada que se abre luego de siglos, cayendo el óxido al suelo y dejando entrar aire y luz en ese lugar abandonado.

La abstracción absoluta, el espacio indefinido, un resorte que vibra, se enciende, quema, salta, marca la piel, y deja su rastro flotando inerte. Corrosión espiritual, sin concesiones, arduo, rugoso, como papel de lija hecho aire, aspirado, que lastima y destruye las formas conocidas, para formar otras nuevas. El ruido que se hace carne, el ritmo insistente, imperturbable, arrasador, que deja el camino desolado, el pasto quemado, la tierra seca, como bola de fuego que pasa sin dejar nada vivo a su paso.

Lo orgánico convertido en máquina, compenetración que no concede nada. Da, solo da, Y estás ahí para recibirla y reaccionar, sin importar cuál va a ser esa reacción, si va a quedarse o si va a irse. Y en el límite de la exasperación, ese final abrupto, desconcertante, en el que no sabés si a pesar de que ambos dejaron de tocar, la bola de fuego sigue sonando afuera, o está todavía dando vueltas adentro de tu cabeza.

Para mentes abiertas a pleno. Puede agradar o no, eso es lo de menos. Siempre se agradece que existan propuestas como ésta, que te llevan a lugares incómodos, molestos, infrecuentes. La antesala perfecta para lo que iba a venir.





▶️ Stephen O'Malley: Una montaña de sonido
¿Qué es lo que pensábamos esperar? Algunos videos en internet nos podían dar una idea, pero la incertidumbre estaba igual. En los días previos estuvimos hablando bastante de él, por lo cual a esta altura ya no necesita ningún tipo de presentación. Pero si quisiéramos dibujar sobre la abstracción de los sonidos que emana su guitarra, sería clave mencionar la salida de "Life Metal", el nuevo álbum de su proyecto principal, Sunn O))). No está Greg Anderson físicamente, pero espiritualmente, parece que lo está.

Azul. Todo azul. Tres luces rojas al fondo, como tres pequeños ojos observando entre al humo densísimo que venía desde el escenario (que ya casi no se veía), y de otros lados. Y la espera. La espera ya es parte de lo que se va generando. ¿Qué es lo que se siente en este momento, y qué será lo que se está preparando? ¿Para qué nos está preparando Stephen O’Malley?

Y llegó él, el constructor de los muros sonoros más impresionantes y trascendentes de los últimos años. Pienso que si el monolito de 2001 de Kubrick tuviera sonido, sería el de O’Malley.
Y él, al costado derecho del escenario que es una nube azul con una apenas perceptible muralla de amplificadores, ahí parado de perfil. Y ya suena, desde la nada, ya te das cuenta que una nota está llenándolo todo, naciendo y abriéndose. Y pasan los minutos. Ya 20 minutos y sigue la misma nota.

¿Cómo es que uno no puede quitar los ojos del escenario? Debe ser porque esa nota que se escucha ya no es una, sino que es varias que fueron sumándose sin darnos cuenta. Esa es la magia de esta música, que cuando te das cuenta de algo, nunca te das cuenta cuando sucedió el cambio, de golpe te das cuenta que está, pero no cuando empezó. Ahora ya no sé cuántas notas suenan, siempre es la misma como madre, y alrededor van variando otras, que la hacen mayor, menor, y ella misma va vibrando en diferentes direcciones, modulando imperceptiblemente, variando de timbre, de profundidad, de protagonismo, pero nunca desaparece. Y el objetivo es que uno entre a esa nota, a ese acorde, que uno esté adentro completamente, que uno sea esa nota, y una vez adentro, ahí sí, no sabés dónde o cuando va a terminar.

Cuando se habla de música clásica, de pop, de rock, se suele hablar de melodía, de armonía, de cambios tonales, de modulación. En esta música que estamos escuchando, eso sin dudas no es lo principal. Acá lo principal está en la búsqueda de esa nota, y la infinidad de variaciones tímbricas, rítmicas, vibraciones y texturas a las que se pueda llegar. Pero siempre que tengan su respuesta adentro de uno mismo. Es la búsqueda total, a fondo, hasta encontrar la esencia que la hace. El poder primigenio de una nota del que se desprende un universo. Tocarla, escucharla, diseccionarla, exprimirla, inspeccionar todas sus variantes, hasta completarla.

Y lo increíble es que nunca aburre. Ya 30 minutos y sigue sonando la misma tonalidad, aunque ya no sé cuántas notas son las que suenan. ¿Y cómo es que no aburre? Cuando en música escuchamos la palabra “virtuoso” generalmente está asociada a técnica, rapidez, pero pocas veces, o nunca, con búsqueda. Lo que hace este hombre como solista es esa búsqueda total, extrema. Y en esa búsqueda debe estar el secreto para que ya en más de 40 minutos y ahora con un escenario a pleno rojo, la atención no haya caído ni un segundo.

Acoples, vibratos, armónicos, notas de paso, volúmenes, efectos que entran, salen, se juntan, se suman. Y la gran sorpresa, cuando a los 50 minutos te das cuenta que esa nota primera y principal, ha cambiado, ya no es la misma. ¿Cuando cambió? No lo sabemos. Magia sensorial. Llega el momento en el que el objetivo se cumple. Desde el inicio dubitativo (no por no saber por dónde ir, sino donde el proceso es más explícito), hasta pasada ya una hora, todos vibramos al mismo tiempo, y sabemos, como él, que la búsqueda ha terminado. Que ese era el momento al que había que llegar.

Me quedo pensando si lo que acabo de vivir, de experimentar, fue un todo en sí mismo, o fue una parte, un fragmento de un todo. Y que él sigue vibrando en su interior, buscando cómo sigue esa nota eterna. Porque para mí esa nota no para nunca.-








▶️ Crónica: Fernando Diéguez.
▶️ Fotos: Meli Sierra.