PostalesDeEntreTensión #2

De cómo las cintas recorren lugares.
Por Andrés Ezsanch.



Estoy seguro que PostalesDeEntreTensión fue concebido antes de que su nombre aparezca. Quizás en noches de caminatas, quizás en el duermevela de los días que se vivían sin rumbo fijo. No me lo pregunto, lo supongo. Eran y son esos relatos que dan vueltas buscando que el entramado tenga un correlato algo parecido a lo sucedido. Que estén vivos. Que un- pueda estar ahí mientras recorre las palabras. PostalesDeEntreTensión lo que intenta, además, es rescatarme del olvido. Amasándolo entre anotaciones mentales intento conseguirlo. Lugares, personas, espacios, sonidos, recortes, sensaciones, viajes. Eso, todo eso, con el tufo del lugar que habito. Porque la búsqueda, si existe, es que sean relatos con la musicalidad del entorno. De ese entorno que se traslada de la meseta al mar, y de este a la montaña. Subiendo a las rutas, vivenciando en las grandes urbes, y retornando a lo ríspido del paralelo 42°. Más o menos así, pero entremezclado. Como la vida misma. O como las imágenes y palabras que siguen llegando.

Íbamos a tocar por primera vez con Daelsol. Nos había invitado Volcaninka. Llegamos con Ariel (guitarra de Daelsol) a Trelew temprano y nos fuimos a la plaza céntrica donde había una actividad. Era también parte de la jornada de reflexión del 11 de Octubre. Es 1997, es Trelew, es la plaza del centro. Ahí conozco a Pablo Calfunao (con quien después tendríamos historias hermosas de revistas, fanzines, radio y hermandad), que editaba Alfalfa. Nos invita a su casa, vamos. Nos tomamos unos mates. Volvemos. Damos unas vueltas mientras esperábamos a Pablito y Seba (bajo y batería de Daelsol). Nos enrumbamos al Club Huracán. Es Trelew, tenemos dieciocho y diecinueve años, o por ahí. Terrible frío. Vienen unos cinco heavys y nos miramos preguntándonos que va a pasar. Quizás les faltó besarnos. Fueron muy tiernos. Entramos juntos al recital. No había nadie, era muy temprano. Ahí andaban los compas de Volcaninka, llegan los Ak-Bar también de Madryn, nos cruzamos en la feria de discos con La Banda del Cuervo Muerto que venían de Monte Grande, Buenos Aires. Llegan nuestros compas. Se viene la prueba de sonido, el lugar es inmenso, el escenario es inmenso, nuestras preguntas también son inmensas de qué hacemos ahí. Hay que enchufar. Le ayudo a Ariel. Hay un JCM 900 (creo), no tenemos idea cómo se usa. Alguien nos ayuda. No sabemos probar, igual lo hacemos. Arranca, no veo a nadie, hay poca gente, sigo hablando o intentando cantar, alguien me alcanza el cable del micrófono. Entiendo que nunca salió nada, gritaba al aire. Y hablaba para mí. Fue una vientito. Fuimos un vientito. Una brisa que no provocó más que alguna molestia. Nos bajamos. Los pibes se fueron, Ariel trabajaba. Me quedo dando vueltas. Y también pensando dónde iba a pasar la noche, dónde esperar el cole que pasaba a las seis de la mañana. Era no tan joven pero era casi mi primer acercamiento a los festivales solidarios, a las bandas que enfocaban otras preocupaciones, a las personas dentro de la música que miraban más allá de la pose y los estereotipos. Era la primera vez que tocaba en vivo. No era tan joven. Pero veníamos remando hacía unos años con Ariel por llevar adelante una banda así. Que hable de lo que nos interesaba, de lo que leíamos, de lo que escuchábamos. No éramos tan jóvenes y era nuestro debut, digamos, en la fraternidad. De la música, de las luchas. Esa es la primera parte. Quedo boyando, me quedo escuchando. Pasa Poderoso Vientre, pasa Volcaninka, pasa La Banda del Cuervo Muerto. En medio de todo eso conozco a Javier Llanka (hoy en Que Risa!). Charlamos, nos ponemos al tanto de acá y de allá. Miramos los cassettes de la feria. Me quedo con Garrote Vil (desde las Islas Canarias), el Split del Cuervo/Mayokese/Acción Directa y miro con ganas otro. Lo llevo también. Es el Split de Enfermos Terminales y Disturbio Menor, ambos de Chile y editados por Masapunk. La vuelta a Madryn es accidentada, pero llego. Tengo una felicidad inmensa. De esas que pensás que sos imparable. Llego a mi casa, busco los fanzines, los folletos, los cassettes que me traje. Me gusta todo. Quiero destrozar toda la pieza de la alegría (total era una repisa y una cama). Escucho, escucho y escucho. Sigo leyendo mientras escucho. Así pasan los días (diría los G3 peruanos). En todos los cassettes hay direcciones, nombres, historias. Despliego el de Disturbio y Enfermos y hay una cantidad extensa de bandas, sellos, organizaciones. Ahí está la papa me digo. No pierdo tiempo. Empiezo a escribir cartas. Ya tenía desde antes el Daelsol ´zine. Lo envío, lo intercambio, lo comparto. Comienzo a recibir y a mandar. O quizás desde antes, se me mezclan las imágenes. Pero ahí es con más énfasis. Escribo a Chile (y a tantos otros lugares), a los Disturbio, a Julio su bajista. Me responde, me envía material. La correspondencia funciona me digo. Sigo escuchándolos. Tienen algo que a mí particularmente me gusta (además del sonido, y el compromiso, claro). Se entienden las letras. Un- puede saltar, bailar, dar vueltas y seguir cantando las letras. Paso el cassette a quien lo desee, y tantos otros. Me lo llevo a los nuevos hogares que habito. Lo sigo escuchando. Me lo llevo a la cordillera. No deja de llover, hago otro fanzine, estoy solo en medio de Las Golondrinas, ese paraje hermoso. Suena fuerte Disturbio (y otr-s). No supe nada más de ellos, pasaron unos ocho años. Internet es una herramienta que todavía no conozco en esos tiempos. Quizás yo esté más perdido que ellos (por el lugar en el que vivo, digo). Presto el cassette al Lolo, un metalero punky del que me hago amigote. La cordillera me cobija pero yo me expulso. Pierdo el cassette. Pierdo otros. Pierdo tantísimo más. Me voy, nunca más veo a Lolo. Espero que lo disfrute tanto como lo hice yo. O que lo haya regalado. Qué se yo. Pasan los años. Encuentro el disco de Disturbio en la red. Lo bajo, obviamente. Lo escucho mil veces más. Escucho otros proyectos de quienes lo integraban. Leo algo que circula en la red. El año pasado miro y leo que vuelven a tocar. Escucho, sí, los escucho casi veinte años después. Me acuerdo de todo esto, y de tanto más que no puse. Sigo cantando. Le quiero contar a Fermín, me recuerdo que tiene un año y nueve meses. Se lo cuento igual. Me mira, se ríe, sé que me entiende. Vemos los videos, él toca su guitarra. Cantamos. Son como unos viejos amigos aunque nunca nos hayamos visto. Me pasa con ellos, me pasa con otr-s. Ese fue el punk, los fanzines, la calle, o quién sabe qué. No importa. Seguimos. Desde acá, desde el corno sur del cono sur. O desde allá. Que puede ser cualquier lado. No hay remate. Y todavía no hay final.-