Entrevista a Viaje a Ixtlan: Viaje eterno, viaje a ningún lado




“No hay nada que esperar, el tiempo no es nada. Y una mañana despertarás buscando en la niebla alguna señal que muestre el camino para regresar”. Las palabras tienen alas y sobrevuelan la nebulosa en “El Fin de los Tiempos”. En la antesala de la presentación de “Vol. II” en Club V, charlamos con Mariano Bertolazzi (guitarra acústica, voces y sintetizadores) y Fernando “Finger” Figueiras (guitarra y voces) sobre aquellas primeras ideas del proyecto, la conexión con Don Genaro, Pink Floyd, Narcoiris y las lecciones del camino. Buen viaje. 


“Toco el bajo hace muchos años pero también la guitarra, que es el instrumento que tengo a mano, que uso hasta para componer las líneas de bajo. Por diferentes motivos, tuve que guardarme en casa y salieron algunas canciones. Lo traje a Leo Aldegani, que es un amigo en común que tenemos con Finger, a laburar esas canciones que tenía. Fueron tomando forma y pintó la idea de grabar. Con Narcoiris estábamos con poca actividad y fuimos con Leo para el estudio El Attic de Pato Claypole. Grabé las violas y los bajos y tenía algunas letras que después las terminó grabando Finger...”, recuerda Mariano sobre lo primeros pasos de Viaje a Ixtlan.

—El plan era hacer algo distinto a Narcoiris… 
—M: Un poco sí, no sé, no lo pensé por ese lado en realidad. El nombre Viaje a Ixtlan es de un libro de Castaneda, pero lo quise relacionar con la música viajera que estábamos haciendo en ese momento.

—¿Es solamente un nombre o hay algún concepto detrás que conecta al libro con la música? 
—M: Del libro en sí, no. El último capítulo es el que la da el nombre y yo la flashé mucho con la historia de Don Genaro, que es el tipo que está tratando de llegar a Ixtlan. Es un viaje eterno, él sabe que no va a llegar, sin embargo toma el camino e intenta volver todo el tiempo. Me pareció conmovedor y triste en un punto, y tomé eso para mí, como un viaje a eterno, como la vida misma, un viaje a ningún lado.

—¿Cómo lo definen musicalmente? 
—F: Siempre me pareció que conceptualmente era como una música cinemática, sentís que está acompañada de una imagen que no está, que te cuenta una historia muy lentamente de una película. Es una atmósfera musical que te envuelve.
—M: En muchas canciones de Narcoiris tenemos desarrollos instrumentales importantes donde metimos muchos sintetizadores y pianos. “Paisaje Negro”, el último tema de “Temporal” es un drone eterno y tiene esa cosa viajera. Los bloques instrumentales, climáticos y de cuelgue en Narcoiris también existen y quizás Viaje a Ixtlan es ese costado llevado al máximo.

—¿Ya tienen una formación estable? 
—M: Si. Al principio, Sergio Ch. que hacía poco que había dejado a Los Natas, se sumó a grabar en el primer disco y hasta produjo. Finalmente terminó saliendo por su sello South American Sludge. Ni bien se edita, empezamos a tocar con Leo, el batero anterior, y Grillo de Gripe en el bajo. Luego vino otro bajista y Grillo pasó a los teclados, sintetizadores y efectos. Y entre toda esa movida, apareció Damián Colaprette que es un ingeniero de grabación, quien nos contacta y nos propone grabar de nuevo. Le dijimos que si, sin ni siquiera tener temas cerrados ni banda, porque el batero ya se había ido. Ahí lo llamamos a Sebastián “El Bonzo” Romani y a su hermano Javier, que están actualmente con nosotros, y en dos meses grabamos otro disco. Ahora también se sumo “El Jeque” Fartax en los sintetizadores, hace 6 meses. Ahora somos un quinteto estable.

—Musicalmente, me parece que “Vol. II” tiene una atmósfera a “Dark Side of the Moon” de Pink Floyd. No sé si están de acuerdo con esa apreciación… 
—M: Todos amamos a Pink Floyd. Cuando surge lo de grabar el segundo disco, yo tenía algunas cosas compuestas, pero nada concreto. Un día de calor estaba tirado en mi habitación con un parlante de cada lado de la cabeza escuchando “Echoes” y lo llamo a Finger y le digo “tenemos que hacer un tema así”, como un delirio. Ahí empezamos a desarrollar “El Camino Blanco” que abre “Vol. II”. Yo quería subir la apuesta e incluir más sintetizadores y de ahí creo que se puede emparentar con Pink Floyd porque los tipos utilizaban mucho esos audios. Por eso invitamos a Ernesto Romeo a grabar porque tiene instrumentos de la época…
—F: Él tiene exactamente los mismos aparatos que tenían Pink Floyd y Yes en ese momento. Eso también remite a ese sonido. Cuando vino acá Rick Wakeman, se los prestó para tocar.

—Estuvieron tocando por Santa Fe y Córdoba, ¿cómo es la escena allá en comparación con lo que pasa acá? 
—M: Estuvimos en Venado Tuerto, nos recibieron los chicos de Super Fat que tienen un bar, con escenario y equipo de audio e invitan a tocar a bandas de Buenos Aires, tienen un lugar para dormir, muy lindo. Había muchos jóvenes, que a Pink Floyd casi que no lo conocían. Entonces le caés con un tema de 20 minutos, que en vivo siempre se prolonga un poco más y creo que no se llega a entender cómo viene la mano en ese sentido. En Córdoba hay una movida de rock muy grosa, muy buenos músicos, muy buenas bandas, mucho rock setentoso y ahí el público sabe de qué se trata. La gente de allá nos tiene junados.
—F: Córdoba tiene un under bastante fuerte, entonces el público está acostumbrado a ver bandas y se quedan toda la noche porque saben que todas las propuestas están buenísimas. Arrancan tipo 1 de la mañana y terminás de tocar cuando es de día.
—M: Nosotros fuimos al Belle Epoque varias veces, y el dueño banca mucho la movida rockera. Tiene un salón para 300 personas, una pantalla gigante y todo eso está a disposición de los músicos. La banca desde su bolsillo, aprovecha esa estructura para darle la posibilidad a la bandas de difundirse y eso me parece una salvedad importante. Eso en Baires no se nota.
—F: Lugares que le ponen el pecho acá son pocos: Club V, Salón Pueyrredón, no se me ocurren muchos más. Hay fechas que salen bien y otras que no, sin embargo siguen apostando.

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“Los bloques instrumentales, climáticos y de cuelgue en Narcoiris también existen y quizás Viaje a Ixtlan es ese costado llevado al máximo”. Mariano Bertolazzi.
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—Básicamente, Viaje a Ixtlan es la formación de Narcoiris más un bajista y ahora un tecladista. En algún momento de la concepción y el desarrollo del proyecto, ¿no les dio cierto “temor” que la gente se confunda ambas bandas? 
—M: (Risas). ¡Yo me confundo ambos proyectos! La otra vez tocamos dos noches seguidas, un viernes con Narcoiris y al otro día con Viaje a Ixtlan, y en la última presente a la banda como Narcoiris. Es fácil confundirse, lo es para nosotros y supongo que para el resto también. Pero es otra plataforma de expresión. En Viaje a Ixtlan yo canto un poco más, las letras las escribo yo.
—F: Me parece que es parte es una inquietud. Uno realmente está en esto porque le gusta hacerlo, no hay ninguna expectativa más allá de poder seguir haciéndolo y divertirte. Entonces se dio así esta manera de laburarlo y mostrar las dos facetas. Componemos mucho, estamos pensando un disco más con cada proyecto. Van por el mismo camino pero son distintos. Nunca pensamos unificar la música de Viaje a Ixtlan con la de Narcoiris.

—Cómo viven la previa de tocar con Narcoiris y cómo la viven con Viaje a Ixtlan, ¿es lo mismo o son mambos distintos? 
—M: Con Narcoiris toco el bajo, un instrumento que conozco desde hace ya 20 años, con el cual me siento más cómodo, requiere menos concentración y en la previa estoy mucho más suelto. Con Viaje a Ixtlan me pasa que necesito estar más ordenado, porque no solamente toco la guitarra y canto sino que también estoy con los sintetizadores y hay que orquestar toda la movida. Ahora somos cinco tipos y tenés que escuchar todo. Es un poco estresante pero hay un punto donde cambio el chip y meto mucho en lo que está pasando musicalmente.
—F: En mi caso, sigo tocando el mismo instrumento, la ventaja es que el rol de “director de orquesta” en Viaje a Ixtlan lo lleva Mariano y en Narcoiris lo llevo yo. Para mi Viaje a Ixtlan es más libre, hay una estructura pero también hay zapada. Como guitarrista tengo más lugar, en el sentido que si quiero puedo tocar una nota sola. Narcoiris es palo y a la bolsa.

—Siento que en ambos proyectos hacen mucho hincapié en ese audio característico de los 70´s y en toda la parte gráfica… 
—F: Básicamente nos gusta ese tipo de sonido, desde que arrancamos a tocar nos fuimos inclinando por eso. Y en la parte gráfica, hay mucho laburo, hay gente que hace las cosas super bien y está bueno sumarlas para que se expresen dentro de lo que uno hace.
—M: Los discos, artes y flyers de ambas bandas tienen un concepto, siempre tratamos de laburar con gente que se conecte. Pasó con “El Primer Enemigo del Hombre” de Narcoiris, el arte lo hizo Ale Leonelli que trabajó con Pez, Humo del Cairo y muchos más. Le contamos de qué venía el disco, le pasamos la música y laburó arriba de eso. Por eso lo buscamos también para “Vol.II” de Viaje a Ixtlan. Ahora estamos trabajando con Julián Ciceri que está involucrado en el nuevo arte del disco de Narcoiris.

—¿Cómo es esto de mantenerse vivo entre tantas bandas que hay para ver? 
—F: Primero que nada, uno hace lo que le sale. Estamos tocando hace mucho, eso también te da cierta calidad en los proyectos que hacés, que la ganás tocando. Nosotros somos gente grande, tocamos hace casi 20 años. El acercamiento de la gente es aleatorio, nadie lo sabe, es lo mágico de todo esto. Por ahí hacés la mejor música del planeta pero a nadie le gusta y eso no depende de uno. Tratamos de que nuestra música llegue a la mayor cantidad de gente posible pero desde la honestidad. Nosotros hacemos esto, no nos sale otra cosa. Toco con gente que tiene una cancha impresionante y eso te da mucha tranquilidad, por ahí eso se nota. Por otro lado, nunca nos quedamos quietos. Entre los dos proyectos, en seis años tenemos casi seis discos, es mucho movimiento.
—M: Este último año se sumó mucha gente a darnos una mano, como Scatter, South American Sludge, Félix Bunge, Rock City, eso hace que la cosa sea un poco más abarcativa, aunque es relativo eso, pero hace que puedas llegar a muchos más lugares. También tiene que ver con el azar. Nos han pedido discos de Suecia, México, Noruega, del interior del país también y reseñas que llegan desde varios lados.

—Como decían, vienen tocando hace mucho tiempo, con muchas bandas, en muchos lugares, han grabado discos, ¿qué cosas han aprendido en este largo camino de la música? 
—M: Aprendí a no esperar nada, por ejemplo, eso de esperar el momento justo para grabar un disco, tener todo aceitado, las letras cerradas, para mí eso no existe...
—F: O esperar que alguien te descubra, esas cosas pasan en las películas nada más…
—M: Tengo ganas de tocar, tengo amigos como Finger con quien laburamos juntos, tengo sellos que nos pueden editar discos, gente que nos puede ayudar, ¿qué nos puede detener? ¿Qué nos puede hacer dudar? Hoy hay maneras muy accesibles de mostrar tu música y eso es provechoso. Podés grabar hoy, mezclar mañana y luego subir un disco. Eso está bueno y hace que no tengas que esperar para hacer cosas.

—En este tiempo, ¿les pasó de decir “mandemos todo a la mierda”? 
—F: Eso me pasa cada dos meses (risas). Si hay algún mensaje que puedo dar, es que tenés que ser honesto con la música que hacés. Está lleno de pelotudos en la música, en el ambiente, pero también hay gente buena, que le gusta lo que hacés, que te da una mano. Uno como compositor, se está exponiendo y pone el corazón en lo que hace. Siempre hay gente que te dice que está bueno lo que hacés, que vayas para adelante.
—M: Esto lleva un montón de laburo, no es sólo ensayar. Muchas de las fechas que hacemos las llevamos adelante nosotros, con ayuda de personas, pero invitamos a las bandas, hablamos con los productores, estamos involucrados en todo. En el medio de todo eso, suceden cosas buenas y no tan buenas. Cuando Finger habla de la gente mala o de los malos momentos tiene que ver con eso. Si llevar adelante un show te da dolores de cabeza, ahí decimos “se va todo a la mierda”, “no toco más”, o que venga alguien que me contrate, no sé. Somos músicos y nos gusta tocar en vivo, entonces tenemos que lidiar con un montón de cosas que no nos copan, pero no podemos escapar.

—¿Cuál fue el show más memorable de Viaje a Ixtlan? 
—M: Me gustó mucho la última fecha del Motoclub, que fue la primera con “El Jeque”. Aceitamos mucho la maquinaria y eso me dio soltura para tocar y pasarla bien de verdad. Y bueno, tocar con Yawning Man fue increíble.
—F: Lo más memorable fue la gira por Sante Fe y Córdoba, por la aventura (risas). Lo mejor es toda la previa, tocar con gente amiga y eso por ahí eso el público no lo ve. Estás desde las siete de la tarde y por ahí terminás a las siete de la mañana, para tocar 40 minutos. En todo ese tiempo te la pasás enchufando y desenchufando cosas y divirtiéndote con las demás bandas.

—¿Cuál es el balance que hacen de este año que está terminando? 
—M: Este año tocamos mucho menos que el anterior porque así lo queríamos, veníamos muy quemados. Viaje a Ixtlan no deja de darnos satisfacciones, nos invitan a tocar, hay un puñado de personas que les interesa y nos viene a ver. Estamos maquetando canciones nuevas y tener esa posibilidad de seguir haciendo cosas y que la energía no se agote, me parece positivo.

—Van a estar presentando “Vol.II” este viernes, ¿qué les dijeron aquellos que ya los fueron a ver? 
—M: En algún momento lo que teníamos que hacer, porque el disco salió hace como un año y medio. Vamos a presentar “Vol.II”, es cerrar una puerta y abrir otra. Y también simbolizar a Viaje a Ixtlan como una banda posta. Varios nos dijeron que flashean mucho con los sintetizadores. “El Camino Blanco” es un bloque muy extenso donde improvisamos y no hay muchas bandas que le den importancia a estos sonidos. Me parece que como no están dentro de una estructura y no requieren gran concentración, la gente se suelta y se sumerge en el vuelo de la banda. —

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Créditos:
Foto #1: archivo de la banda.
Foto #2: arte por Julián Ciceri.

Próxima fecha:Viernes 4 de noviembre @Club V