Mono + Bhutan en Niceto Club: una realidad aparte.


«Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más para allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la Utopía? Para eso sirve: para caminar». Eduardo Galeano, filósofo de las Américas, lo dejó escrito antes de partir. Con la humildad de los grandes, que no debe confundirse con lo grandote, dejó en claro que su amigo Fernando Birri fue la inspiración para estas líneas y que esa idea de utopía, no le pertenecía.

Desde Tokyo, Japón, MONO salió nuevamente de la isla, atravesó océanos para expandir su música e introducirse por vez primera en las grandes babilonias sudamericanas, como Santiago en Chile, Buenos Aires en Argentina y San Pablo, Brasil, donde la desigualdad, la polución y la violencia son más libres que los propios hombres. Aún las venas continúan abiertas.

El trío neuquino Bhutan fue de la partida. Sin disparos percusivos ni estigmas doom, las mentes detrás del sello Venado Records quemaron neuronas con un set altísimo, tanto como las montañas del Himalaya, de kilométricas y bajas frecuencias inéditas, anticipando lo que será su próximo material de estudio. Una banda con una propuesta atípica para el oyente medio y radial, un proyecto honesto que atraviesa los muros de lo conocido y está escribiendo su propia historia bajo meditaciones drone, noise y post rock.


Los relojes de la jungla de cemento se congelaron. La atmósfera que dejó Bhutan logró encapsularnos en un mundo dentro de otro, donde ese hermoso lenguaje universal, aquella música de la libertad, fue el medio de comunicación central. Un campo magnético y onírico. Una realidad aparte.

El espíritu de Jimi Hendrix revivía y palidecía una y otra vez en los parlantes del club. Fade out. El misterio japonés mostraba su rostro: "Taka" Goto y Yoda, sentados y con sus armas de seis cuerdas, Yasunori Takada en batería y Tamaki en bajo, única mujer de la banda, aparecieron bajo las luces para darle vida a “Recoil, Ignite”. MONO ya estaba entre nosotros.


Cientos de almas en el pit, entre conocedores y curiosos, alinearon sus lazos y energías en busca del primer highlight: Tamaki dejó su bajo y se adueñó del piano en “Kanata”, uno de los grandes himnos de “The Last Dawn”. A falta de palabras y de proyecciones visuales, la música fue quien las creó en el aire para cada uno de nosotros: un tsunami de existencialismo y post rock, un túnel hacia lo desconocido, un sendero luminoso para seguir pedaleando y caminando con la utopía en el horizonte, una manera de ver y encarar la vida al costado de la hegemonía.


Del arte caótico de “Pure as Snow” a la calma de “Halcyon (Beautiful Days)”, MONO nos invitó a cerrar los ojos, escuchar con atención e imaginar otros mundos posibles. Taka dibujaba estelas de emoción en cada nota y cada gesto mientras Tamaki, único miembro de pie durante gran parte del set, se movía como un árbol solitario en medio de los vientos: los cristalinos y frágiles sonidos del glockenspiel nos sumergieron en una ola gigante como “Ashes in the Snow”, otro de los puntos altos de la noche.

Sobre el ocaso del concierto, como el ying y el yang, el túnel que atravesó la oscuridad en todo su largo, encontró la claridad en “Everlasting Light” para sellar el paso de los japoneses por Buenos Aires. Así, MONO y Bhutan dejaron surcos. La música fue quien persiguió utopías: despojada de voces, estribillos, melodías empastadas y lejos de los grandes flashes; belleza que acarició lo poético, desde una mirada profundamente visceral y existencialista. Los afortunados que estuvimos ahí fuimos testigos de una realidad utópica, una realidad aparte. -


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Fotos por Gottes de Baires.
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